Almas que no callan
Ante los ojos de un vivo serían dos luciérnagas en medio de la oscuridad.
Almas que no callan
La concurrencia de los visitantes se había disipado. Aquella tarde de domingo había tenido, como única novedad, el recorrido de los numerosos dolientes de quienes habían sido sepultados entre semana. Argemiro Valencia y Rosaura Arteaga deambulaban por sobre las tumbas, flotando como almas que se resisten al olvido, absorbiendo la nostalgia que los vivos dejaban impregnada en las lápidas
—¡Mira, Argemiro! La nieta de Gladis Estrada renovó la lápida de su abuela. ¡Y es de mármol!
—¡Los vivos y sus majaderías! Esa insolente solo viene cuando pretende algo. Te lo apuesto, Rosaura: el jueves viene con veladora para las ánimas benditas.
—Y sí, para algunos vivos las cosas funcionan a la manera de los vivos.
Continuaron su recorrido, deslizando sus energías por entre la bruma. Ante cualquier novedad se posaban como si danzaran en alguna especie de celebración.
—Rosaura, hoy no vino Fermín Valencia de visita, mira, la tumba de Helenita no tiene flores.
—Ese muchacho estará muy pronto entre nosotros. Helenita ya lleva tres días deambulando a su lado en el hospital. Ya pronto tendrás la oportunidad de agradecer a ese joven.
—Y me alegra. Últimamente no mueren más que viejos en este pueblo.
—No seas cruel. Cada alma llega con su propio peso… aunque algunas lo dejan caer más ligero que otras. ¡Mira, Argemiro! Rosendo, el vigilante, está empezando su ronda de las once. Desde hace unos días lo siento algo temeroso, antes salía con más bríos, hasta silbaba y cantaba.
—Es por el viejo rancio ese, el Gregorio Aldana. Le cogió rabia desde que se le robó las flores y ahora se la pasa dándole sus susticos.
—Algunos muertos no dejan de ser apegados a lo material. Pobre Rosendo, apenas lleva un mes cuidando este cementerio y ya lo tienen atolondrado.
Sobre un panteón se posaron el par de almas. Ante los ojos de un vivo serían dos luciérnagas en medio de la oscuridad.
—Otra noche más, y aquí sigues —murmuró Argemiro—. Ya llevamos tres años rondando este camposanto.
—Lo que son las ironías, Argemiro. En vida te faltó valor para conquistarme… ahora el valor te sobra, y de nada te sirve conquistarme.
—La mujer más hermosa que mis ojos vieran alguna vez. Recuerdo muy bien cada parte de ese precioso cuerpo en el que estabas. Ahora mírate, un haz de luz sin forma, una husmeadora de tumbas.
—Pensándolo bien… no te faltó valor, lo que te faltó, y te sigue faltando: es mirar más allá del cuerpo. Ni viva ni muerta entendiste lo que soy.
Argemiro soltó una risa estruendosa. Rosaura intentó contenerse, pero cedió ante las contagiosas carcajadas. Unos metros más adelante pasaba Rosendo, el vigilante, quien percibió un eco lejano de la algarabía y salió a las carreras del cementerio.
—Mírate nada más, con tu lápida de mármol importado. ¿A quién intentas impresionar, Rosaura? ¿A las ratas?
—Por lo menos yo recibo flores frescas los domingos. ¿Quién se acuerda de ti? Solo ese perro callejero que se orina en tu cruz.
—¿Y qué? El perro es más fiel que tus amigas. Ni siquiera vinieron al aniversario de tu muerte.
—¡Porque llovía, Argemiro! ¿Qué querías, que se mojaran?
—Antes muertos… —respondió él, y ambos estallaron en risas que retumbaban entre las tumbas.
El silencio volvió un instante, interrumpido solo por el graznido de un cuervo.
—Sabes, nunca pensé que terminaría tan cerca de ti después de pasar la vida ignorándote.
—Fuiste una buena mujer con tu esposo. Siempre le tuve envidia a ese hombre, él tenía a quien yo quería. Literalmente se me fue la vida esperando en las sombras.
Hubo un silencio largo, casi cómodo. Hasta que Rosaura añadió:
—A las sombras estamos ahora. Al final sales ganando, pienso estar aquí fastidiándote hasta la eternidad.
—¡Perfecto, vecina! La eternidad es muy larga para estar solo… y alguien tiene que escuchar mis quejas.
Y las risas huecas volvieron a llenar la noche.




Ja, ja, ja. Excelente charla de ultratumba, muy amena y divertida, mi amigo. Felicitaciones.
Que buena historia. Un placer leerte, como siempre.