Arcilla y natilla
Arcilla y natilla
Mi abuelita Adela, era una mujer con todas las bendiciones que un nieto pueda entrañar con todo su corazón. Güeluchita, así le decía, no porque yo tuviese problemas del habla, sino porque me lo dictaba su ternura. A su casa me enviaban mis padres al finalizar el año escolar.
Y no era cualquier casa en cualquier lugar; era la casa en el pueblo: Villa de San Miguel de Guaduas, Monumento Nacional de Colombia por su bien conservada arquitectura, calles empedradas y casonas coloniales. Pero todo ese nombre rimbombante no era consecuente con la casa de la Güeluchita. Aquella era una casa de bahareque, grande y antigua. Su sencillez era decorada con las sajaduras y resquebrajos en las paredes, sus tejas decoloradas y pisos desnivelados. Eso sí, no faltaba el aseo y las plantas por todos lados, especialmente ese gran solar destejado, donde el olor a tierra húmeda y hojas machacadas se quedaba pegado en la ropa.
El seis de diciembre era el gran día. La Güeluchita nos llevaba, a mis primos y a mí, a recorrer los senderos de las veredas. La misión era encontrar el mejor arbusto seco y arcilla gris. Recorríamos aquellas verdes montañas, emocionados; retándonos a quién encontraría la mejor pieza para el arbolito de Navidad. La competencia no era solo con mis primos; los niños de otras casas andaban en la misma misión. Podría decirse que era una tradición ancestral.
—Ese no. Está muy grande, mijito. Búsquese uno un tantico más pequeño. Vaya, mijito, no traiga cosas feas, que es para el Divino Niño —Era una de sus respuestas más recurrentes.
En ese momento yo no lo comprendía, pero todos los arbustos servían; ella nos enseñaba a esforzarnos, a buscar lo mejor, a no conformarnos. Y así durábamos medio día recorriendo colinas y sus faldas, trepando árboles y comiendo de cuanto había en aquellas extensas tierras de árboles frutales. Lo último que recogíamos era la arcilla, en el barranco de la finca de don Hipólito, en donde la greda gris brillaba.
Descendíamos al atardecer, casi entrada la noche. El pueblito parecía un pesebre a lo lejos; las luces de sus calles titilaban y, en verdad, era hermoso. Cada uno de nosotros llevaba una parte del tesoro: yo, por ser el más grande, llevaba la bolsa de la arcilla; otro llevaba el arbusto y los demás, las piedras de río o los musgos de la piedra de quebrada.
A la luz de vela cenábamos, a la luz de vela orábamos y a la luz de vela nos quedábamos dormidos, ansiosos de que llegara el otro día y poder armar el arbolito. Años después entendí por qué la casa de la Güeluchita era la única que no tenía luz eléctrica. Lo que sí tenía, y por mucho, era luz de amor; de la que brilla y se queda encendida para el resto de la vida.
Más se demoraba en cantar el gallo que nosotros en estar prestos para que Güeluchita nos dejara empezar nuestra armazón navideña. Pero ella sabía prolongar el momento; era experta en lograr la mayor expectativa para obtener nuestra mayor felicidad. Y por fin llegaba el momento. Los siete enanos poníamos manos a la greda y rellenábamos un tarro de hojalata reusado para la base; clavábamos el arbusto deshojado y lleno de púas. Luego el algodón, envuelto meticulosamente desde la base y todas sus ramas. Envolver la momia, decíamos, y reíamos ante los pinchazos que nos dábamos.
Luego empezábamos a hacer las bolitas de arcilla que irían en las púas más largas, y en cada bola de arcilla se colocaba una vela de color, pequeña.
Todo era orquestado por la Güeluchita, con tanta paciencia, sin el más mínimo atisbo de querer usar sus manos; todo lo debíamos hacer nosotros.
—El que quiere natilla se unta de arcilla. Muevan esas manitas o el Niño Dios no les da el agasajo. Adriana, mijita, corra y le dice a la señora Dolores que si me regala otro tantico de algodón.
En la noche nos hacíamos alrededor del árbol. Güeluchita empezaba a prender cada velita y el arbolito más hermoso que se pueda ver en la vida empezaba a iluminarse. Mientras las velitas se encendían, el aire se iba llenando de canela y leche caliente, y el algodón empezaba a soltar un olor tibio, casi dulce. Y nos daban natilla, y cantábamos villancicos y éramos felices.




Que linda imagen de Güeluchita y sus pequeños enanitos jejej. No me extraña que logres hacerme sentir parte de aquella tradición tan cálida. Estoy segura que aquella casa es la que más alumbra ese “pesebre” de casitas que tan bien describiste. Gracias por compartirnos estas hermosas imágenes. Saludos!
Excelente. Qué buena esa capacidad de meter al lector en lo que escribes.