Metida en el cajón
Metida en el cajón
Y de nuevo esa sensación. Una noche más en la que despertaba alterado, con esa necesidad de salir de mi habitación hacia la sala. Pero aquella madrugada había sido distinto. Estaba más que seguro de haber escuchado mi nombre, mencionado con urgencia.
No encendí la luz. Tan solo aguardé en absoluto silencio con la oreja pegada a la puerta. Poco a poco fui girando la manija para que no emitiera sonido. Abrí la puerta. Mi mano parecía estar suplicando que no saliera del cuarto. Tres pasos después, el maullido del maldito gato.
Entre intentar agarrar al gato y el tropezón con la mesa de centro, terminé hecho un rollo en el piso. Me quedé quieto, avergonzado de mi fallido modo sigiloso para atrapar a algún intruso. «¿Acaso un ladrón me llamaría por mi nombre?», me cuestioné mientras me sobaba la rodilla.
Encendí las luces. Caminé arrastrando los pies hasta la cocina para buscar algo de beber. El sonido del dispensador de agua de la nevera parecía arrullarme. Y de nuevo esa sensación. Alguien estaba en la sala.
No era un sonido que delatara movimiento, ni sombra o cosa alguna. Tan solo esa presencia. La certeza de estar siendo esperado. El agua empezó a derramarse y tardé unos tres segundos en reaccionar.
Tomé valor para salir con entereza, armado de la valentía desafiante del poderoso guerrero, mientras el agua se iba derramando por el temblor de mis piernas y manos. Y efectivamente, no había nadie. Miré al gato y le dije que se dejara de juegos. Eso me dio confianza. Una falsa confianza. Sabía que tan solo era una excusa para sentirme menos atemorizado.
Me paré frente al ventanal. Unas pocas luces en los edificios indicaban que los madrugadores se alistaban para salir hacia sus trabajos. Y de nuevo esa sensación. Esa mirada escrutadora desde algún lugar a mis espaldas. Aún no me explico qué me pasó, pero sin girarme, con voz serena pregunté:
—¿Vas a hablar o solo me estarás mirando?
El obvio silencio como respuesta fue tranquilizador. Por unos tres segundos.
—No sabes cuánto tiempo llevo esperando a que pidieras que hable.
La mano no pudo más; el vaso cayó. El gato salió pitado entre maullidos. Y yo… petrificado. Solo miraba el reflejo de la sala sobre el ventanal, pero no había nadie.
—¿Y qué es lo que quieres decirme? —balbuceé, intentando mostrar indiferencia.
—¿Quién dijo que yo quería decirte algo? Pediste que hablara y eso hice.
—Entonces, ¿para qué querías que te hablara?
—Es obvio. Comprobar si serías capaz de superar esa cobardía disfrazada de valor.
Coloqué mis manos en la espalda, simulando naturalidad, como si mi corazón no latiera más rápido de lo normal. Giré lentamente, con indiferencia, en busca de la presencia. Pero nada. Ahí estaba yo, en medio de un apartamento de soltero. Ni siquiera el traidor del gato estaba a mi lado.
Pasaron algunos segundos. El silencio empezó a incomodar. Inquieto por saber de dónde había salido aquella voz, dije lo primero que se me vino a la mente:
—Noto cierto tonito de juzgamiento. ¿Acaso eres un alma en pena resentida?
—Los humanos nunca dejan de sorprenderme. A cada cosa le dan la respuesta más fantasiosa posible. No soy un alma en pena. No existe tal cosa.
Mientras deslizaba esas últimas palabras, logré detectar esa mirada penetrante, esos ojos que tantas veces me habían generado intriga. Inmóviles, pero con una técnica de pintura que los hacía ver casi reales.
—Entonces… eres una deidad.
—Eso te lo dijo el ladrón que me vendió como baratija. Y tú, emocionado por tener una prueba fehaciente de haber estado en donde no estuviste, regateaste hasta el más mísero precio. Fue divertido ver a un par de asnos confundiendo el heno con la paja.
Ya no había duda alguna. Esa voz provenía de esa estatuilla. Por primera vez conté sus brazos: cuatro a cada lado. En ese preciso momento me arrepentí de nunca haber buscado su imagen en internet. Me senté en el sofá. Procuré que no pareciera un desmayo.
—¿Y si te empaco en una caja y vas de regreso a tu templo? Seguro que me dan buen dinero por rescatar a uno de sus santitos.
—Mira qué genialidad la tuya. Dar la misma solución a lo que empieza a incomodarte. Empaquetar, etiquetar y enviar lejos.
—¡Ya basta! Ni una palabra más… mamarracho del demonio.
La cubrí con una manta. La basura… o la calle.
Ya en la ventana, miré hacia abajo. Desde esa altura quedaría hecha trizas contra el asfalto.
No puedo definir si fue falta de valor o una fuerza externa, pero mis brazos quedaron tiesos en lo alto. No fui capaz. Y de nuevo esa sensación.
Ha pasado un mes. Estoy aquí, en esta celda en Tailandia, esperando a que se compruebe que no fui el ladrón de la pieza que habían estado buscando durante años. Viajé miles de kilómetros para hacer lo correcto y ahora mi situación es complicada.
La figura cumplió. Nunca me volvió a hablar.
Estuvo envuelta en la manta hasta el día del viaje, metida en ese cajón que no me atrevía a abrir.
Lo único que aún no logro explicarme es por qué el gato nunca volvió al apartamento.




Bonita historia, y como toda bonita historia tiene un excelente final.
Hola, buen domingo, Arnold. Aparte de en la Ronda de Enlaces de Mercedes, también aparece tu reseña hoy en Crónicas de Substack: https://leamos.substack.com/p/publicar-online-hunde-tu-carrera